Historia de las vacaciones swinger
Cumplimos nuestra promesa de salir de la armadura de la timidez y permitirnos hablar con lostake over de LLV en Puerto Vallarta, aumentó considerablemente a una cifra cercana al seis por ciento, y a que, de éstos, a los mexicanos los conocíamos previamente, no nos faltó nunca con quien platicar. Misión número uno, resuelta.demás. La mayor parte de las veces, conseguimos entablar conversaciones divertidas con un raudal de güeros que no terminaban de desvestirse en la alberca. Conservábamos, del año pasado, a una pareja de buenos amigos californianos que se alegraron de vernos tanto como nosotros a ellos y a algunos otros no tan cercanos, pero suficientemente conocidos. Pronto, congeniamos con otra pareja, también de California, con la que empezamos a pasar mucho tiempo. Sumado a que esta vez el número de latinoamericanos que asistimos al
La misión número dos era más compleja, encontrar compañeritos de juego en el vasto universo de swingers que ocupaban la totalidad de un resort de lujo que usualmente alberga numerosas familias. Vamos, no nos faltaron besuqueos y embates cariñosos a plena luz de día, pero la posibilidad de llevar, por la noche a un par de desconocidos al cuarto no se asomaba tanto como hubiéramos querido. Las fiestas eran extraordinarias. No sólo la producción y la decoración del salón eran asombrosas, lo más notable era el empeño que los asistentes ponían en sus vestuarios. Los temas eran excusa para derroches de imaginación y fantasía, y el lugar se convertía todas las noches en una mezcla de carnaval, desfile de moda y sueño húmedo. En medio de ese despliegue, yo me sentía un tanto pequeño y otro tanto abrumado.
Probamos suerte en el playroom la primera noche y no hubo mucho quorum. En la tercera, cuando entramos, Mariana vio que no había gente y no quiso que nos quedáramos dentro. Regresamos a la pista a bailar y brincamos hasta que los tacones le cobraron la factura a mi mujer y entonces, nos sentamos a mirar como chicos impopulares en fiesta de graduación. Acorde con mi rol de observante pasivo, inventé el deporte de encontrar un nuevo crush cada noche, alguna chica cuya actitud y belleza me hicieran suspirar a la manera de los caballeros medievales. La primera fue una rubia con sonrisa de universitaria mal portada.
El martes hubo una baja de voltaje en la bahía. Una buena parte del hotel se quedó sin luz y el salón de fiestas, atestado de gente vestida en piel y látex, padeció la pérdida del aire acondicionado, no así de las luces ni de la música. Poco a poco la concurrencia fue saliendo en busca de oxígeno y de algo de brisa fresca. Al ver que no había manerade restablecer el clima en el interior, la gente de LLV negoció con la del hotel que la francachela se mudara a la alberca. Nosotros aprovechamos la migración y fuimos a encontrarnos con nuestros viejos amigos californianos. Una vez, dentro del agua, el calor se convirtió pronto en frío, así que emprendimos una retirada estratégica a la habitación de ellos. Fiesta de Hitachis y gritos de emoción.
En la siguiente fiesta (una de romanos), descubrí a mi crush de miércoles bailando de espaldas a su acompañante. Era muy joven, de un blanco absoluto en la piel y su cabello, en el extremo opuesto de la negritud, era rizado. El cuerpo era perfecto, pero lo que hacía que se me clavara con tanta insistencia en la mirada era la lúdica lascivia de sus coqueteos. Había un dejo de niña psicópata en la forma en la que arqueaba la espalda y sacaba la cadera para excitar a su marido, algo de noble asesina en el fondo de una sonrisa de puntería olímpica. Mariana concedió en que le diéramos otra oportunidad al playroom. Y lo tuvimos para nosotros solos, salvo por algunos vagabundos que se asomaban y salían tan pronto como habían entrado. Jugamos entre nosotros y la pasamos bien. Sin embargo, los días se empezaban a terminar, y yo seguía sin encontrar una buena historia para contar en éste su blog de confianza. Todo en las vacaciones estaba a las mil maravillas, todo menos nuestro instinto cazador, que aparentemente seguimos sin desarrollar.
El jueves hubo un taller de pegar cinta de aislar en el cuerpo de una mujer, preparativo relevante para la noche temática del viernes. Saliendo de nuestra clase, fuimos a esperar que comenzara la fiesta de espuma. Nunca supimos por qué, pero la fiesta estuvo relegada a un rincón y sólo algunos despistados entraron a burbujear en ella. Entre los despistados, estábamos nosotros. También estaba una pareja joven: un muchacho más o menos rubio y una chica de piel muy blanca y cabello rizado y negro en extremo, una niña de con sonrisa de puntería olímpica. Como ellos y nosotros éramos los únicos navegantes del megalómano Alka-Seltzer, parecío buena la idea jugar a los cándidos tocamientos, y descubrir un poco de la suavidad de esa figura tan blanca y atractiva. Salimos de ahí y regresamos los cuatro a la alberca, donde platicamos un poco y nos enteramos que son de Portland. El cielo comenzaba a cerrarse, un par de truenos hicieron su aparición y la gente comentaba la llegada del huracán. Tampoco hablamos tanto, nuestros nuevos amigos se fueron pronto a seguir la fiesta haciendo viajes a la barra por charolas de shots que luego distribuían de mil atrevidas formas entre todos los que abarrotaban la piscina. Iban y venían, nos coqueteaban y luego nos dejaban solos con la sensación de que nunca íbamos a cerrar un trato.Por la noche los vimos nuevamente. Fueron ellos los que nos buscaron en medio de medio millar de personajes extraídos de versiones porno de cuentos de hadas. Ella iba vestida de gata y él no tenía disfraz. "I'm a pussy and he's a pussy eater". Comenté al vapor que Mariana sabe bailar en un tubo y ellos insistieron en verla. Hace mucho que no lo hace, hubo que insistir, pero accedió. Se trepó y lució algunas de las acrobacias que había guardado en el clóset de las habilidades suspendidas. Me alegró verla y me gustó saber que esa señora que daba vueltas, es la mía. Después, la instructora oficial de pole dancing se acercó a felicitarla. Esa inesperada sobada al ego la puso aún de mejor humor. Luego, una cosa llevó a la otra. Un par de besos, algunas caricias y él sugirió que fuéramos al playroom. La propuesta nos cayó como una brisa refrescante. Todo venía bien, y dentro del cuarto todo fue mejor.
Los cuatro nos desvestimos en tiempo récord. Más besos, más caricias. Momentos de sexo oral qye dieron forma a otras alternativas. Combinaciones, y en mi cabeza la imagen fija de esa chica mirándome hacia atrás y diciendo obscenidades cinematográficas en inglés. Salimos del salón desnudos y exhaustos, respirando con dificultad pero con la sonrisa de una misión muy bien cumplida. Nos despedimos, pero no nos pareció urgente pedirles sus datos. Entonces, nos enteramos de que el aeropuerto de Puerto Vallarta había suspendido operaciones. Quedaba una noche más. Acabábamos de tener muy buen sexo grupal, y nos comía el sueño. Era poco lo que nos preocupaba sobre la llegada de Patricia, así que dormimos plácidamente con una sonrisa en los labios.
A las 8 de la mañana recibimos una llamada telefónica. Protección civil recomendaba evacuar el hotel. El Patricia amenazaba con ser el fenómeno meteorológico más grande en la historia de la humanidad. El hotel contaba con recursos para refugiarnos pero no había pronósticos sobre cuándo estaría de nuevo abierto el aeropuerto. Decidimos salir. La idea de quedarnos una semana varados consumiendo los suministros de una comunidad a la que, posiblemente, le harían falta en el futuro cercano, no nos resultaba tan sensata. Tres autobuses estaban listos para llevarnos a Guadalajara. El lobby del hotel estaba retacado de gente arreglando los detalles de su salida. Entre todo el caos, no vimos a nuestros nuevos amigos de Portland y nos lamentamos no haber intercambiado correos el día anterior.
Llegamos salvos al D.F. y aunque perdimos, entre autobuses, una noche de lujuria vacacional, no nos costó mucho recuperarla con los miembros de la Cofradía, pero de eso ya hablaremos en una posterior entrada.
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