Crónicas de nuestra vida sexual

La cama es el único mueble. Es enorme y está destendida. Como una cobija de parches se extienden doscientas o más fotos 4 X 6 de Mariana. Diego casi nunca imprime las fotos que saca, pero retratar a Mariana es el primer paso en el juego de las colecciones. Ella se desviste y posa en cualquier lugar de la casa. No se quita las medias. Tiene muchísimas. Algunas son pantimedias con dibujos en el tejido. Otras llegan a la mitad del muslo. Otras parecen calcetas de lana. Tiene de muchos colores y un día cualquiera Diego la encuentra, por ejemplo, sentada en el sillón de la sala, casi desnuda y con medias, digamos, azules de un material brilloso parecido al latex. Éstas necesitan liguero, pero no lleva además de eso, nada más. Medias y liguero azul. La piel de Mariana es blanca y tersa y centrada en el sillón rojo parece un sol en negativo. Líneas, rincones, pezones friolentos, y cabello sobre los hombros.


     Diego sabe ahora su papel en la obra. Busca entre sus cosas. Saca una cámara Leica Digilux. Mariana no sabe de fotografía, pero hace unos años preguntó por una cámara sexy. Alguien dijo Leica y ella compró uno de los primeros modelos digitales. Lo llevó a casa y le dijo: ésta es sólo para mi. Si la usas con cualquier cosa, persona o piruja que no sea yo, te dejo. Cuando sale la ropa y Mariana queda en medias, una tarde cualquiera en que la luz se ve bien, por ejemplo, en la sala del departamento, Diego saca la cámara, mide la luz, enfoca, dispara y Mariana arquea la espalda. Diego dispara. Cambia de postura. Dispara. Se pellizca el ombligo. Dispara. Delinea con el índice la curva de su nalga. Dispara. Se recuesta, se finge dormida. Dispara. Abre las piernas. Dispara, dispara, dispara hasta llegar a 24 disparos. No más. Para ese momento, los dos están suficientemente encendidos y ya no hay luz que permita seguir haciendo fotos.
     Después del sexo, ella duerme como si nunca en su vida hubiera tenido culpa de nada. Él se levanta entonces en silencio y pasa la noche editando las fotos. Ajustar los niveles de una imagen equivale a volver a pasar las manos por la piel. Cortar, borrar lo que no sirve, definir contrastes y finalmente elegir de las 24 tomas las que se borran para siempre y las que se imprimen. Algunos sábados por la mañana sacan de abajo de la cama, la caja de madera en la que viven todas las fotos, las que se tomaron antes y las nuevas. Las extienden sobre la sábana y las miran todas con científico cuidado. Mariana se da cuenta de que él adora la v que se hace en el inicio de sus nalgas, o el hueco que se abre entre sus senos. Imagina entonces al obturador como una lengua de luz que lame con precisa decisión los detalles de su cuerpo. Se mira a si misma como él la mira y luego y se descubre sensual en esa oleada de retratos suyos desparpajadamente regados.. Ella y las medias. Negras, transparentes, magenta, a rayas marrones o con encaje en la parte de arriba. Se aleja de si misma y se disfruta con la misma impudicia con la que, cuando por azar descubre en la calle a otra mujer atractiva, se la enseña a Diego sólo para analizar, en su rostro, el deseo que siente por las otras. La parte de ellas que él quisiera alcanzar.
     Cada foto de la colección es un beso, y beso tras beso, todo el ambiente se desordena. Primero, aparece la foto que se enfocó en el talón. Y ella siente el ojo de él, a través del objetivo, besando sus pie y, tal vez, la pantorrilla. Luego es un plano general. El trasero elevado y acostada boca arriba. Entonces siente el beso extenderse por la curva de su espalda. Después, una toma de su cuello le recuerda la sensación de la boca trepando hasta la oreja. Al principio, miran las fotos así, una por una, pero el deseo produce el hambre de ver las fotos de dos en dos, besos en el pecho y en los labios, o de tres en tres, coño, ombligo y ojos. Y finalmente, de dejar de verlas. Sólo de saber que están ahí: abajo, arriba de ellos, todo alrededor. Mientras ella imagina besos rodeándola estira la mano para alcanzar a su fotográfo y llevarse a la boca su, ya imposible de de disimular, erección. Lo mima hasta vaciarlo. Satisfecho él, ella pregunta qué van a desayunar. Así comienzan ciertos fines de semana. Así juegan a las colecciones con la idea de nada puede ir mal si dos están tan enamorados.
Fotografía: Corrado Dalco
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About Diego

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