No me atrevo a confesar que lo mucho que disfruto ver como se la ligan hombres y mujeres con ficticia naturalidad es una perversión cosechada durante muchos años de estable relación. Pero algo debe tener que ver. No pasa un día en el que yo no perciba en sus ojos lo mucho que me quiere, pero el fuego con el que se mira a alguien con quien un encuentro sexual es posible, pero no seguro, no se siente con frecuencia en la trinchera del matrimonio. En casa, ella no se comporta así, un poco porque no se le antoja, y otro poco porque no es seguro; una mujer casada no puede andar en antros coqueteando con la gente, sin riesgo de que ella y el príncipe, ahora sin suerte, terminen, machacados a golpes o con múltiples violaciones, arrinconados en un rincón de la Ciudad de México. En casa, en lo cotidiano, todo es más cauteloso.
Pero aquí, el mundo es otro, aquí todo es seguro y las reglas de supervivencia son diferentes. Mariana, aquí, es la hembra mejor adaptada, y sabe bien como dejarse llevar por la corriente para descender en rafting por los rápidos de las relaciones polisexuadas. Mi deleite principal consiste en verla. La primera tarde la dejé sola para ir por unos tragos, cuando regresé me dijo con adolescente emoción: "Esa chica que está junto a nosotros acaba de tocarme disque accidentalemente" Fui por tragos nuevamente y cuando regresé, Mariana, fingiendo no hablar otra lengua distinta que el español, conversaba en fluído inglés con la chica en cuestión y con su novio. Me enfrasqué, como siempre lo hago, en una plática con el novio de la chica en cuestión sobre las condiciones de vida en Katar, y cuando me di cuenta, Mariana y la chica en cuestión se besaban larga y humedamente a la vista de todos.
Así fue todas las tardes, y las noches en la disco. Como perversa planta carnívora atraía a los huéspedes... los dejaba acercarse... los ojos se le encendían con la lascivia de saberse deseada... era cándida y sexosa... los dejaba intentar todas sus estrategias de seducción y los devoraba con la fuerza de sus piernas, de sus senos, de sus brazos abiertos, de sus manos y de su lengua hambrienta de nuevas sensasiones.
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